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En el Alto Najerilla, «recaya» define al camino que se abre por el paso de las personas o de los animales que atajan. Los vemos cruzando en diagonal el césped de los parques, o en plena naturaleza. En el latín vulgar, «recadivare» significaba «recaer», una derivación del latín clásico «recidivare». «Arrecayar» deriva de ese latín vulgar que ha sobrevivido el paso de los tiempos hasta la actualidad. He decidido llamar así a este proyecto porque lo que planteo oscila entre dos temas: el camino como atajo y el regreso como recaída. Para ello me baso en dos formas de expresión: el texto y la imagen. En mi poesía hablo de la experiencia de quien regresa pero se siente extranjero en su propia tierra. No se encuentra con la soledad de quien llega a un país nuevo, sin recursos, sin el idioma y sin vínculos familiares, pero sí con la soledad de quien no es reconocido por sus viejas amistades, o para quien el reencuentro con la casa familiar resulta el anhelo de una infancia y una juventud que ya quedaron muy lejos en el recuerdo. Siento un impulso cuando me da una punzada el recuerdo, o cuando me asaltan las dudas, o cuando asisto a un fenómeno de la naturaleza. Viví mucha parte de mi infancia en la casa familiar, en el pueblo, en el patio de la casa, y toda esa fauna pequeña, esos insectos, las arañas, las lagartijas, siempre me han fascinado (y aún lo hacen). En mi poesía confluyen estos elementos: la naturaleza, el conflicto entre la tierra y el asfalto, los recuerdos de mi infancia, y los conflictos personales: las dudas, las emociones. En las fotografías hablo de este reencuentro, que también es un reencuentro con la naturaleza: mi infancia se desarrolló en la zona rural, de modo que fui una niña muy vinculada al campo y sus animales, y sus insectos. En las fotografías retrato el camino de la ribera, sus recovecos, que pensaba secretos para el resto, la tierra y las raíces. La inmediatez de la imagen instantánea tiene su reflejo en mi modo de entender la poesía: en ambos casos, mi forma de crear es muy parecida: automática y visceral. Además, la fotografía instantánea es inalterable, una obra única de un momento ya pasado. La recaya, el camino que se abre en la naturaleza, lo interpreto más allá del sendero. Puede ser otra alteración dada por el ser humano. Una cinta policial en la ribera, un zapato semienterrado, o una construcción de cemento abandonada junto al lecho del río. En mis poemas, la sensación del regreso tiene otra dimensión aparte de la de volver: tiene una proyección de futuro, que en mi caso viene unida al temor de no saber contener y proteger la vida. Así pues, Recaya es la unión entre mis fotografías y mis poemas para narrar un relato sobre el regreso, la memoria y el modo que tenemos de modificar el entorno y hacer uso de él para adaptarnos