Las vihuelas españolas del siglo XVI eran finas y complejas, instrumentos cortesanos hechos para cantar poesía e historias de amor. Pero cuando llegaron a América, las realidades eran otras: clima húmedo, madera distinta, manos campesinas. Los pobladores adaptaron el diseño, simplificaron las formas, redujeron las órdenes de cuerdas dobles y lo hicieron resistente, rústico y fiel como el compañero de un largo camino. Así nació, poco a poco, el antepasado del cuatro —el descendiente de la familia del "cuatro de dos órdenes" o del "tiple español"— un instrumento pequeño, portátil y acogedor que se convirtió en el centro del festejo, del trabajo, del llanto y la esperanza en las haciendas y los pueblos.
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